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jueves, enero 31, 2008

Abelardo y Eloísa


Abelardo fue un joven y famoso teólogo francés del siglo XII, profesor de la catedral de Notre Dame, en París.
Eloísa había nacido en París, en 1101. Desde muy niña se mostró particularmente dotada para la vida intelectual. Completó el estudio de las artes liberales (las enseñadas en las facultades de arte medievales): gramática, dialéctica y retórica (Trivium); aritmética, geometría, astronomía y música (Quadrivium), y ese amor por la sabiduría decidió a Fulbert, tío y tutor suyo, para que Abelardo entrara a su casa como preceptor de Eloísa, con el permiso expreso de corregirla con castigos, si fuera necesario. Entonces, una violenta pasión se apoderó de preceptor y discípula.
Esto contrariaba los planes del tío de Eloísa de casarla con un importante aristócrata. Se fugaron a las tierras de Abelardo en Bretaña, contrajeron matrimonio y tuvieron un hijo.
El tío de Eloísa no pudo perdonar a Abelardo. Para vengarse, contrató a un grupo de matones. Entraron de noche a la casa de Abelardo. Mientras dormía, lo sujetaron con las piernas abiertas y lo castraron con un cuchillo, a sangre fría.
Pasados los primeros días de dolor, Abelardo comenzó a sumirse en una gran depresión. Eloísa, joven aún, se negaba a aceptar esta pavorosa mutilación de su amado y le repetía que seguiría queriéndolo toda la vida. Sin embargo,Abelardo finalmente decidió meterse a monje, a pesar de las protestas de su mujer.
Este es solo el comienzo de la larga historia de Abelardo y Eloísa. Aunque a ella no le quedó más remedio que meterse a monja también, pasó el resto de su vida enamorada de Abelardo. Nunca dejó de amarlo. Tampoco perdonó jamás a su tío por la cruel mutilación que le había robado la felicidad. Abelardo más o menos se resignó, llegó a creer que su tragedia era un merecido castigo divino. A Eloísa, en cambio, le ocurrió lo contrario: cada día se sentía más rebelde contra el mundo y crecía más su angustia. Sus cartas reflejan la desolación de una mujer atormentada hasta el final de sus días. Dice la leyenda que Eloísa, monja y abadesa de su convento, murió maldiciendo a Dios: nunca se resignó a vivir sin Abelardo.
También dice la leyenda que Eloísa, a punto de morir en el año 1164, pidió que la enterraran con su marido.

En sentido contrario a lo que suele creerse, en !a Edad Media existe, a nivel del saber y de la enseñanza, una relativa igualdad. Empezando por las capas más bajas de la sociedad, en su mayoría campesinas, se advierte una ausencia generalizada de instrucción, tanto para los hombres como para las mujeres; éstas participan así de las conversaciones y de la vida social en posición de igualdad con sus maridos o hermanos. En un tipo de sociedad en el cual reina el analfabetismo, la transmisión oral de la cultura se realiza tanto a través de la madre o del padre a los hijos, como entre vecinos o vecinas, etc.
A un nivel social un poco más elevado se encuentra ya una mayor diferencia: los que más estudios prosiguen son los clérigos, oficio de varones, a pesar de la rebeldía femenina contra ese «monopolio» expresada por la abadesa de Las Huelgas de Burgos y por la de Palencia* en el siglo XIII. (Esa contestación costó a las abadesas la confiscación de sus rentas y la excomunión). Sin embargo, desde el siglo VI, se exigía que las monjas supieran leer y escribir.
Encontramos manuscritos de diferentes bibliotecas, escritos y redactados por canonisas de diferentes conventos en el siglo XI. Estas mujeres conocían a los autores clásicos y componían versos con facilidad. El caso de Eloísa es el ejemplo más conocido de esa cultura femenina medieval. Una prueba, el párrafo que se añadió al Sachsenspiegel-”Espejo de Sajonia”, recopilación de costumbres germánicas- en 1270: «Siendo cierto que los libros no son leídos más que por las mujeres, deben por lo tanto corresponderles en herencia».
A partir del siglo XIII, con el desarrollo de la vida urbana, se crean escuelas comunales. En 1320 existía en Bruselas una escuela para niños y otra para niñas; en esta última enseñaban unas maestras pagadas por la ciudad. En París, en 1380, se contaban veinte escuelas para las niñas. La enseñanza era gratuita e incluía lectura, cálculo, canto, escritura y enseñanza religiosa. Existían también, en esta época, escuelas privadas para niñas en Flandes y Alemania.
El Derecho medieval, heredero del Derecho romano y del Derecho germánico, suele considerar a la mujer como a un ser menor de edad. En los países de derecho oral basado sobre las costumbres, quizás más emparentado con la legislación germánica, no se reconoce la tutela paterna sobre la mujer mayor de edad, pero sí la potestad marital. En los países de derecho escrito -que corresponden a la Europa meridional: Italia, Península Ibérica, Sur de Francia-, a la tutela del padre sigue la del marido. La mujer, en la mayoría de los casos, no puede disponer de su fortuna, administrar sus bienes, o presentarse ante un tribunal; para cualquiera de estas gestiones sin la presencia de un hombre -padre, marido, hermano o tutor.
Junto al Derecho, La Iglesia Romana, basándose en numerosas referencias bíblicas, asimilando la doctrina culpabilizadora de San Agustín, promociona una gran campaña «antifeminista», A pesar de las opiniones de Abelardo y de Robert d' Arbrissel, a finales del siglo XI, que proclamaban la igualdad del hombre y de la mujer, la imagen que se impone es la de la mujer como tentadora, como ser débil, pecadora, creada del hombre y para su servicio.

* Interesante conocer las "Letras apostólicas" dirigidas por Inocencio III a ios Obispos de Burgos y Palencia y al Abad de Morimundo (40), que encierran una severa repulsa del Pontífice:

«A los Obispos de Palencia y Burgos y al Abad de Morimundo. Poco hace han llegado a nuestros oídos ciertas novedades, de las cuales nos maravillamos en gran manera, a saber: que las Abadesas de los Monasterios situados en las diócesis de Palencia y Burgos, bendicen a sus propias monjas, oyen las confesiones de sus pecados, y leyendo el Evangelio presumen predicarlo públicamente. Siendo esto nunca oído y absurdo, y no pudiendo nosotros tolerarlo en modo alguno, mandamos a vuestra discreción por este Escrito Apostólico que procuréis prohibir firmemente con Autoridad Apostólica que esto vuelva a hacerse. Porque, aunque la Santísima Virgen María fue más digna y excelsa que todos los Apóstoles, sin embargo, no a ,aquélla, sino a éstos entregó el Señor las llaves del reino celestial. Dado en el Palacio de Letrán, día tercero de los Idus de Diciembre, año decimotercero de nuestro Pontificado» (11 de diciembre de 1210)

sábado, octubre 27, 2007

Teodora y Justiniano


En el año 476 dC desapareció definitivamente el Imperio Romano de Occidente, con la deposición de su último emperador. Este acontecimiento apenas tuvo eco en Constantinopla, capital del Imperio en Oriente, en aquella época verdadero centro cultural y político de Europa y, junto con Antioquía y Alejandría, del cercano oriente.

Poco después de esta fecha ascendió al trono Justino, tío del más grande de los emperadores de Constantinopla, Justiniano. Fue un hombre culto, hablaba latín, era estudioso, apasionado por los problemas teológicos, inteligente, ambicioso, pero encontró una difícil situación política y social, que enderezó gracias a su habilidad y a la de su esposa, Teodora, con la que contrajo matrimonio en contra de la opinión de todos sus allegados.

No era en todo caso extraño que un emperador o miembro de la familia real se casara por amor, que una mujer en las mismas condiciones tuviera influencia y capacidad de decisión y fuera tratada en igualdad de condiciones que sus compañeros varones. Estas mujeres tenían acceso a la instrucción y a la cultura.

Pero Teodora no procedía precisamente de una familia noble. Hija de una familia circense, actriz e incluso prostituta ella misma, cautivó a Justiniano por su inteligencia y su belleza (durante el gobierno de Justino se había permitido el matrimonio entre personas de clases sociales diferentes y legalmente, no hubo, entonces, inconvenientes, sino por el contrario, a pesar de las críticas, tuvo como consecuencia atenuar en los hechos, las diferencias de clases). Unidas estas virtudes a un extaordinario valor y sangre fría, supuso un apoyo fundamental para Justiniano I y se dice que ella misma dirigía al general Belisario en las batallas difíciles y que contaba con un gran poder político. También fue ella, y no un titubeante Justiniano, la se decidió a aplastar la rebelión de Niká.

Gran legisladora, se encargó de dictar diversas leyes de corte feminista que ampliaron notablemente los derechos de la mujer.

  • Promulgó la primera ley sobre el aborto que se conoce.
  • Mejoró las leyes que regulaban el matrimonio.
  • Protegió del castigo al adúltero o la adúltera igualmente.
  • Permitió el matrimonio libre entre clases sociales, razas o religiones.
  • Permitió que la mujer se pudiera divorciar libremente.
  • Instauró la pena de muerte por violación.
  • Reglamentó los burdeles para evitar abusos debiendo estar regentados por las propias mujeres. y prohibió la prostitución forzada.

    Estas reformas hacían buena falta. La situación de la mujer en Bizancio era peor que en el occidente cristiano. Para las que no nacían de familia noble no había instrucción, ni otra salida que la iglesia y los baños públicos, totalmente veladas y acompañadas. A partir de los 12 años estaban listas para ser entregadas en matrimonio, concertado por sus padres.
    Las bizantinas vivian en tan extremada sumisión, que no podían siquiera presentar una demanda legal para defenderse de posibles atropellos. Si enviudaban, debían solicitar tutor para sus hijos. Si cometían falta moral se las apaleaba, rapaba y recluía en conventos de por vida. El adulterio no era sancionable para el varón, sí para la mujer.
    Murió de cáncer unos años antes que Justiniano, y, a pesar de su pasado nada dudoso, fue proclamada santa por la iglesia ortodoxa.

miércoles, octubre 17, 2007

Lesbia y Catulo


Curiosa historia la del poeta y la dama. Cayo Valerio Catulo (c. 84-54 a. C.) nació en Verona. De familia acaudalada, pronto se trasladó a Roma, y se integró rápidamente en la vida literaria y cultural de la ciudad. Allí conoció a Clodia, una señora casada bastante mayor que él, bella, culta y disoluta, a la que Catulo llama Lesbia en sus poemas, en recuerdo de la lesbia Safo, y que acabó convirtiéndose en su musa y en su tormento por sus constantes traiciones y, según él, por su lujuria sin freno. Ella es la protagonista de su poesía, que lo convirtió en el más importante autor lírico de la literatura romana.
En casi todos sus poemas más significativos e inspirados Catulo nos habla de sus experiencias dichosas, de sus frecuentes desengaños y reconciliaciones en su relación con Lesbia, y de la ruptura final de la misma y del amargo recuerdo que conserva de su relación con ella. Incluso en los textos, en que es también un maestro, en que acumula sátira y diatriba, el motivo es ella: celos, feroces ataques contra sus rivales...
De Clodia se sabe poco, y lo que se sabe es a partir del propio Catulo, que solo la retrata emocionalmente, y de Cicerón, que probablemente no sea mucho más objetivo. Aún en una época en la que la relajación de las austeras costumbres romanas tan solo apuntaba, Clodia tuvo fama por el elevado número de sus amantes. De no haber sido así, Catulo probablemente nunca podría haber tenido amores con ella. Se mueve entre el amor y el odio, pero siempre la trata con respeto.
Lo que es evidente, y llama poderosamente la atención, es que la vida libre de Clodia era de sobra conocida por su familia y su marido, por no decir por toda la ciudad romana que empezaba a abrirse a una especie de estado del bienestar que, aunque no alcanzara a todas las clases sociales, sí produjo cambios importantes en las costumbres y en el papel de las mujeres.
En los primeros tiempos de la república aún se solía exponer a las niñas no deseadas. Las aceptadas recibían instrucción hasta la edad del matrimonio. Siempre se casaron, o fueron casadas, muy jóvenes, pero seguían perteneciendo a su familia y no pasaban a la del novio, y tenían derecho a divorciarse, lo que representaba una igualdad sin precedentes en la historia. Esto, claro, referente a las mujeres libres. Podemos decir que las mujeres tenían en su conducta los límites que su educación y el necesario control de la natalidad les imponía. Ninguna familia romana media quería tener más de tres hijos, y generalmente las matronas preferían renunciar a una vida sexual relativamente satisfactoria a tener que sufrir innumerables abortos. Prostitutas y esclavas satisfacían a sus esposos, que no podían sentirse culpables: la puritana moral de la república hizo decir a algunos que un marido demasiado solícito podía inducir a su mujer a la concupiscencia. El único momento del año en que las mujeres eran libres era durante los cultos báquicos, las Bacanales. En éstas las mujeres bebían vino, prohibido para ellas, como hemos mencionado antes, y tenían relaciones sexuales heterosexuales y homosexuales. De todas formas las Bacanales desaparecieron por orden del Senatusconsultus de Bacchanalibus, que las prohibió en el 186 a.C., por ofender a las buenas costumbres. De todos modos, su existencia demuestra que, como en muchos otros lugares, el enamoramiento y la atracción erótica no eran, ni mucho menos, la base del matrimonio.
Con el paso del tiempo, y no mucho tiempo, la relación entre marido y esposa se equilibró. Ambos tenían que estar de acuerdo en todo y esta relación no terminaba a no ser que el marido pronunciara la famosa frase "tuas res tibi habete" (llévate tus cosas), o ella decidiera divorciarse.
La matrona romana podía salir libremente de su casa, acompañaba a su marido a cenas y recepciones (muy al contrario que la mujer griega), es partícipe de sus decisiones, se le cede el paso en la calle, nadie puede tocarla ni citarla a justicia. Puede intervenir como demandante o como testigo en procesos judiciales y, por supuesto, asistir a los espectáculos públicos.
Las virtudes que se consideraban inherentes a la mujer romana: austeridad, laboriosidad y fidelidad, fueron evolucionando, a partir del siglo I a.C., paralelamente a las de sus compañeros varones (salvo en la fidelidad, que ellos nunca observaron). Los divorcios, en la época imperial, eran numerosos y por cualquier motivo. Lejos quedaba la normativa atribuida a Rómulo por Plutarco: ..."promulgó también algunas leyes, de las cuales muy dura es la que no permite a la mujer repudiar al marido, concediendo a éste despedir a la mujer por envenenar a los hijos, por falsear las llaves y por cometer adulterio; si por otra causa la despedía, ordenábase que la mitad de su hacienda fuera para la mujer y la otra mitad para el templo de Ceres; y el que así la repudiase hubiera de aplacar a los dioses infernales"... (Vida de Rómulo, 22)
Para darnos cuenta del cambio tan radical en las costumbres de las clases acomodadas, solo hay que leer este texto de Séneca: "¿Es que hay todavía alguna mujer que se avergüence al ser repudiada, después de que algunas damas, de linaje noble e ilustre, cuentan sus años no por el número de los cónsules, sino por el de sus maridos, y se divorcian para casarse, y se casan para divorciarse? Eso infundía respeto mientras era una cosa rara; más tarde, como no había pagina en las actas (del Senado, de los sacerdotes y colegios) sin un divorcio, aprendieron a hacer lo que no cesaban de oír. ¿Hay ya vergüenza alguna de cometer adulterio, una vez que se ha llegado al extremo de que ninguna mujer tenga marido sino para excitar al adúltero? La castidad hoy en día es prueba de pusilanimidad"... (De beneficiis, 3, 16)
Por supuesto que en la historia del alto Imperio las vidas de las mujeres que conocemos son tristemente célebres, bien por su desenfreno (Julia, Mesalina, y en este grupo podríamos incluir a la misma Clodia), bien por sus artimañas conspirativas (Livia, Agripina). Los varones, por supuesto, no se conducían mejor. En cambio, poco se sabe de la vida privada y cotidiana de las mujeres burguesas, que mantuvieron por más tiempo las antiguas costumbres de la república, y casi nada de las clases más desfavorecidas, que a duras penas sobrevivían en las afueras de las ciudades.

lunes, octubre 01, 2007

Aspasia y Pericles


Atenas, siglo V a.C. En la primera democracia de Europa, todos los ciudadanos tenían derecho a voto y el deber y el derecho de participar en la vida política y en la gestión de la polis. Pero por ciudadano se entendía “varón nacido en Atenas, de progenitor ateniense, de condición libre: élite minoritaria que nunca alcanzó la cuarta parte de la población total: no contaban los esclavos, los niños, los extranjeros (metecos) ni las mujeres. Estas quedaban excluidas de cualquier participación en la vida pública.
La marginación del sexo femenino comenzaba de hecho desde la concepción. Los griegos no eran ambiciosos, el trabajo era el imprescindible para mantener una vida digna, incluso a veces simplemente una vida. No se podía mantener a muchos hijos: un varón que heredara los bienes familiares y una hija que entregar en matrimonio, gravosa por la obligación de otorgarle una dote, eran más que suficientes. Los medios anticonceptivos eran rudimentarios y, aunque se practicaban abortos, era frecuente el nacimiento de hijos no deseados. Se podía admitir un hijo más, pero era raro que se criara a dos hijas. El infanticidio femenino era frecuente. Los bebés no deseados solían exponerse en la colina del Lycabetos, próxima a la Acrópolis. Las parejas que no podían concebir acudían allí a recoger a algún niño abandonado. Pero era muy raro que adoptasen a una niña.
Si la niña crecía en el seno familiar, no podía tampoco acceder a educación alguna. Salvo en Esparta, no había escuelas especiales para muchachas y la instrucción no se dirigía a ellas. Todo lo aprendían en el ámbito privado de su madre, hermanas o esclavas. Y lo que aprendían quedaba relegado a la vida en la casa: el mantenimiento de las posesiones y las tareas domésticas, el cuidado de los niños eran sus tareas cotidianas. Sus salidas se limitaban a recoger agua en las fuentes próximas, en las que se desarrollaba su escasa vida social. Incluso quedaban excluidas de las cenas que sus maridos celebraban en el hogar en compañía de sus amigos (simposioi), a las que no era raro que acudieran prostitutas al final de la noche. Los matrimonios no eran fruto de una relación privada hombre-mujer, sino una transacción masculina, un contrato entre el padre de la novia y su futuro marido. El padre entregaba a la hija junto con una dote, y ésta pasaba de la casa paterna a la casa del marido, propiciando con ello el orden ciudadano: la herencia y los hijos legítimos, futuros ciudadanos de la polis. Las muchachas solían casarse cuando llegaban a la pubertad, mientras que los hombres lo hacían ya en una edad madura para la esperanza de vida de la época, en torno a los treinta años.
Todo ello hacía difícil que hubiera un acercamiento igualitario y satisfactorio entre hombres y mujeres, incluso entre esposos. Difícilmente podría encontrar alicientes un hombre culto en la relación con su mujer debido a sus carencias. Los hombres encontraban más ocasiones de compartir sus intereses y aficiones con personas de su mismo sexo, lo que propició en la sociedad ateniense las relaciones homosexuales entre varones, en absoluto mal vistas, y el éxito de las pocas mujeres cultivadas que tuvieron ocasión de vivir en la Atenas del siglo V: las hetairas.
La misma palabra con que se las designa, hetairas, dice mucho de su consideración entre los hombres: ἑταίρα significa compañera, plano de igualdad del que distaban mucho las esposas legítimas de los atenienses.
No eran una clase numerosa: principalmente extranjeras (procedían casi todas de las ciudades griegas de Asia Menor, tenían un gran renombre no tanto por su belleza como por su refinada educación y su inteligencia, que ellos reconocían como equiparable a la propia. Las heteras podían tomar parte en los simposioi, y sus opiniones y creencias eran además muy respetadas por los hombres.
Ese papel desempeñó Aspasia de Mileto, mujer que vivió en el siglo V, y que estuvo unida a Pericles desde aproximadamente el año 445 hasta la muerte de este en 429. mujer extraordinariamente hermosa e inteligente, fue maestra de retórica, y se cree que fue autora de alguno de los discursos del estratego ateniense. Despertó la admiración de filósofos, políticos y artistas, y en igual medida la envidia de algunos de sus conciudadanos. Mujer nacida en un ambiente más libre que el de la sociedad de Atenas, probablemente llegó allí buscando el brillo que las hetairas tenían en ella. Hacia el año 445 Aspasia conoció a Pericles, líder del partido democrático y que desde el año 461 era la máxima autoridad política de Atenas.
Pericles se enamoró de ella y fueron amantes durante varios años, hasta que finalmente Pericles se divorció de su mujer, con la que tenía dos hijos, y pasó a vivir públicamente con Aspasia. Incluso contrajeron matrimonio.
Aspasia encajó perfectamente en el círculo de amistades de Pericles y ocupó el papel de lo que hoy llamaríamos "primera dama". Suscitó en cambio la rivalidad y la envidia de los detractores de su marido, que incluso llegaron a denunciarla ante el Aerópago por el delito de haber ofendido a los dioses. Este era un delito muy grave en la Grecia antigua, que podía ser castigado incluso con la muerte, como le ocurrió a Sócrates. El propio Pericles intervino en su defensa y habló durante tres horas ante el tribunal. Tuvo que recurrir a todo su prestigio y elocuencia, e incluso a sus lágrimas, para lograr la absolución de su esposa. Según Plutarco (citando a Esquines) "vertió por ella muchas lágrimas, haciendo súplicas a los jueces". Su vida pública mantuvo su interés solo en los años que duró su convivencia con estos dos hombres poderosos. Después ya no mantuvo ninguna relación de convivencia con ningún otro hombre ilustre. Si poco sabemos de su vida anterior a su encuentro y posterior unión con Pericles, menos sabemos aún de lo que fue de ella tras la muerte de su segundo marido.
Con respecto a Pericles, siguiendo la costumbre ateniense, se casó en primer lugar con una de sus familiares más cercanas, con la que tuvo dos hijos. En 445 adC Pericles se divorció de su mujer y se la ofreció a otro marido, con el acuerdo favorable de sus parientes masculinos más cercanos.
La mujer a la que realmente amó fue Aspasia. Su gran tragedia personal fue la muerte, por culpa de la epidemia, de su hermana y de sus dos hijos legítimos, tragedia de la que nunca llegó a sobreponerse.
Justo antes de su muerte los atenienses permitieron un cambio en la ley de 451 adC que convertía a su hijo con Aspasia (de sangre ateniense sólo por parte de su padre), en ciudadano y heredero legítimo, una decisión sorprendente teniendo en cuenta que fue el propio Pericles quien propuso en un principio la ley que limitaba la ciudadanía a aquellos que naciesen tanto de padre como de madre ateniense.
Pericles falleció durante una epidemia de peste en el año 429. Aspasia se casó entonces con otro ateniense, un rico comerciante llamado Lisicles, con el que también tuvo un hijo. Lisicles murió poco después, en el año 427.
Tras la muerte de su segundo marido, la información que tenemos sobre Aspasia es prácticamente nula. Parece ser que se retiró de la vida pública, y que vivió en una casa de campo donde daba lecciones a jóvenes alumnas con el objetivo de transmitir sus conocimientos. Solo se tienen noticias fiables de su vida en el periodo comprendido entre su unión con Pericles y la muerte de Lisicles. Por tanto, su vida pública tuvo interés para sus contemporáneos mientras duró su convivencia con estos dos hombres, pero no es extraño, puesto que en sus circunstancias fue una mujer excepcional.

"Los hombres pueden aguantar oír como se elogia a otros sólo mientras que se pueden persuadir a sí mismos de su propia habilidad de igualar las acciones ensalzadas: cuando se supera este punto, la envidia aparece, y con ella la incredulidad."
Discurso fúnebre de Pericles, tal y como lo recogió Tucídides (II, 35)

martes, septiembre 18, 2007

Salomón y Makeda, la Reina de Saba.

Iniciamos con esta entrada una nueva serie que, como la de "Personajes femeninos y masculinos de la literatura", no pretende ser exhaustiva. Solo ilustrar, a través de la historia de una pareja, las relaciones entre hombres y mujeres de diversas épocas en la historia de la humanidad.

Siglo X aC.

Después de siglos de vicisitudes y peregrinaciones, un pueblo patriarcal y monoteísta estaba ya instalado en la Tierra prometida y en su época de máxima prosperidad.

Esta sociedad no era solo patriarcal: era profundamente misógina. Casi todas las mujeres de las que se habla en el antiguo testamento han resultado, según sus autores, una desgracia para la raza humana en general y el pueblo de Israel en particular: la primera mujer, Eva, fue la causa de la pérdida del paraíso; la mujer de Lot, Judith, Dalila, Jezabel, resultan odiosas o peligrosas. Solo se redime la mujer que resulta fiel o casta, como María.

La ley, que emanaba de la divinidad, recoge infinitos prejuicios en contra de las mujeres: el Deuteronomio ordena matar a la mujer que resulta no ser virgen al contraer matrimonio. El Levítico dice literalmente: “Habla a los hijos de Israel y diles: La mujer cuando conciba y dé luz a un varón, será inmunda 7 días.... Y si diera luz a una niña, será inmunda dos semanas..."

La tradición nos cuenta en cambio que las civilizaciones del Cuerno de África en aquella época eran en su mayoría matriarcales. Poco más se sabe. Uno de ellos sería el legendario reino de Saba.

En este marco se produjo el encuentro del Rey Salomón y de Makeda, la reina de Saba.

La historia de sus amores es casi más leyenda que historia cierta. De ella hablan la Biblia (libro de los Reyes) y el Corán (recogiendo la tradición etíope):

El libro de los Reyes de la Biblia (I Reyes:10) relata la visita de la reina a la corte de Salomón, en Jerusalén, con una caravana de camellos cargados de especias, oro y joyas, queriendo no desmerecer del rey de cuyas riquezas había oído hablar maravillas. Sin embargo, el esplendor de la corte de Salomón la abrumó. La reina acosó a Salomón con preguntas difíciles (que no aparecen citadas) y quedó sorprendida ante el conocimiento revelado por sus respuestas. La sabiduría de Salomón era tan famosa como sus riquezas.

Asimismo se habla de una visita de Salomón a Saba. La verdad histórica de estas relaciones debe pasar por las relaciones comerciales que Salomón propició con todos los reinos de su entorno e incluso en territorios lejanos, relaciones que con frecuencia afirmó trabando lazos matrimoniales con mujeres nobles y princesas de estos países. Se habla de cientos de mujeres y concubinas, a las que trataba de complacer construyendo templos dedicados a divinidades de sus países de origen. Esto estuvo mal visto por sus conciudadanos, que con frecuencia lo acusaron de permitir que la lujuria desviase su corazón. Pero no fue la lujuria el motivo probable de tantos matrimonios en una sociedad que ya nunca fue dada a la poligamia. Llegó a tomar por esposa a una hija del faraón de Egipto, y sus amores con Makeda no llegarían nada más que a breves encuentros en sus correspondientes viajes seguramente por la condición real de ambos.

El hecho de que Salomón honrase a sus esposas y concubinas con la construcción de templos dedicados a sus dioses indica que el trato que les dispensaba era muy distinto del que los hebreos tributaban a sus esposas legítimas, obligadas a la sumisión y la obediencia, pero no habría alterado en cambio estas costumbres: antes al contrario esta actitud real era vista como una extravagancia, punible desde todo punto de vista por el dios único que todo lo ve y todo lo controla.

Puede ser que, como relatan estas antiguas crónicas, la Reina se impresionara e incluso enamorara de Salomón. Pero la sociedad del reino de Saba, según la tradición, era matriarcal. Si la reina de Saba fue un personaje histórico, lo más probable es que hiciera el largo viaje a Jerusalén por razones diplomáticas y comerciales más que por curiosidad, y que Salomón devolviera la visita por el mismo motivo.

Pero siempre resultan más atractivas las historias de amor que las más frías historias de dinero.


jueves, marzo 02, 2006

Parejas y Sociedad

Con esta sección queremos ilustrar, a través de la historia de una pareja, las relaciones entre hombres y mujeres de diversas épocas en la historia de la humanidad.

  1. Salomón y Makeda, la reina de Saba
  2. Aspasia y Pericles
  3. Lesbia y Catulo
  4. Teodora y Justiniano
  5. Abelardo y Eloísa