miércoles, octubre 17, 2007

Lesbia y Catulo


Curiosa historia la del poeta y la dama. Cayo Valerio Catulo (c. 84-54 a. C.) nació en Verona. De familia acaudalada, pronto se trasladó a Roma, y se integró rápidamente en la vida literaria y cultural de la ciudad. Allí conoció a Clodia, una señora casada bastante mayor que él, bella, culta y disoluta, a la que Catulo llama Lesbia en sus poemas, en recuerdo de la lesbia Safo, y que acabó convirtiéndose en su musa y en su tormento por sus constantes traiciones y, según él, por su lujuria sin freno. Ella es la protagonista de su poesía, que lo convirtió en el más importante autor lírico de la literatura romana.
En casi todos sus poemas más significativos e inspirados Catulo nos habla de sus experiencias dichosas, de sus frecuentes desengaños y reconciliaciones en su relación con Lesbia, y de la ruptura final de la misma y del amargo recuerdo que conserva de su relación con ella. Incluso en los textos, en que es también un maestro, en que acumula sátira y diatriba, el motivo es ella: celos, feroces ataques contra sus rivales...
De Clodia se sabe poco, y lo que se sabe es a partir del propio Catulo, que solo la retrata emocionalmente, y de Cicerón, que probablemente no sea mucho más objetivo. Aún en una época en la que la relajación de las austeras costumbres romanas tan solo apuntaba, Clodia tuvo fama por el elevado número de sus amantes. De no haber sido así, Catulo probablemente nunca podría haber tenido amores con ella. Se mueve entre el amor y el odio, pero siempre la trata con respeto.
Lo que es evidente, y llama poderosamente la atención, es que la vida libre de Clodia era de sobra conocida por su familia y su marido, por no decir por toda la ciudad romana que empezaba a abrirse a una especie de estado del bienestar que, aunque no alcanzara a todas las clases sociales, sí produjo cambios importantes en las costumbres y en el papel de las mujeres.
En los primeros tiempos de la república aún se solía exponer a las niñas no deseadas. Las aceptadas recibían instrucción hasta la edad del matrimonio. Siempre se casaron, o fueron casadas, muy jóvenes, pero seguían perteneciendo a su familia y no pasaban a la del novio, y tenían derecho a divorciarse, lo que representaba una igualdad sin precedentes en la historia. Esto, claro, referente a las mujeres libres. Podemos decir que las mujeres tenían en su conducta los límites que su educación y el necesario control de la natalidad les imponía. Ninguna familia romana media quería tener más de tres hijos, y generalmente las matronas preferían renunciar a una vida sexual relativamente satisfactoria a tener que sufrir innumerables abortos. Prostitutas y esclavas satisfacían a sus esposos, que no podían sentirse culpables: la puritana moral de la república hizo decir a algunos que un marido demasiado solícito podía inducir a su mujer a la concupiscencia. El único momento del año en que las mujeres eran libres era durante los cultos báquicos, las Bacanales. En éstas las mujeres bebían vino, prohibido para ellas, como hemos mencionado antes, y tenían relaciones sexuales heterosexuales y homosexuales. De todas formas las Bacanales desaparecieron por orden del Senatusconsultus de Bacchanalibus, que las prohibió en el 186 a.C., por ofender a las buenas costumbres. De todos modos, su existencia demuestra que, como en muchos otros lugares, el enamoramiento y la atracción erótica no eran, ni mucho menos, la base del matrimonio.
Con el paso del tiempo, y no mucho tiempo, la relación entre marido y esposa se equilibró. Ambos tenían que estar de acuerdo en todo y esta relación no terminaba a no ser que el marido pronunciara la famosa frase "tuas res tibi habete" (llévate tus cosas), o ella decidiera divorciarse.
La matrona romana podía salir libremente de su casa, acompañaba a su marido a cenas y recepciones (muy al contrario que la mujer griega), es partícipe de sus decisiones, se le cede el paso en la calle, nadie puede tocarla ni citarla a justicia. Puede intervenir como demandante o como testigo en procesos judiciales y, por supuesto, asistir a los espectáculos públicos.
Las virtudes que se consideraban inherentes a la mujer romana: austeridad, laboriosidad y fidelidad, fueron evolucionando, a partir del siglo I a.C., paralelamente a las de sus compañeros varones (salvo en la fidelidad, que ellos nunca observaron). Los divorcios, en la época imperial, eran numerosos y por cualquier motivo. Lejos quedaba la normativa atribuida a Rómulo por Plutarco: ..."promulgó también algunas leyes, de las cuales muy dura es la que no permite a la mujer repudiar al marido, concediendo a éste despedir a la mujer por envenenar a los hijos, por falsear las llaves y por cometer adulterio; si por otra causa la despedía, ordenábase que la mitad de su hacienda fuera para la mujer y la otra mitad para el templo de Ceres; y el que así la repudiase hubiera de aplacar a los dioses infernales"... (Vida de Rómulo, 22)
Para darnos cuenta del cambio tan radical en las costumbres de las clases acomodadas, solo hay que leer este texto de Séneca: "¿Es que hay todavía alguna mujer que se avergüence al ser repudiada, después de que algunas damas, de linaje noble e ilustre, cuentan sus años no por el número de los cónsules, sino por el de sus maridos, y se divorcian para casarse, y se casan para divorciarse? Eso infundía respeto mientras era una cosa rara; más tarde, como no había pagina en las actas (del Senado, de los sacerdotes y colegios) sin un divorcio, aprendieron a hacer lo que no cesaban de oír. ¿Hay ya vergüenza alguna de cometer adulterio, una vez que se ha llegado al extremo de que ninguna mujer tenga marido sino para excitar al adúltero? La castidad hoy en día es prueba de pusilanimidad"... (De beneficiis, 3, 16)
Por supuesto que en la historia del alto Imperio las vidas de las mujeres que conocemos son tristemente célebres, bien por su desenfreno (Julia, Mesalina, y en este grupo podríamos incluir a la misma Clodia), bien por sus artimañas conspirativas (Livia, Agripina). Los varones, por supuesto, no se conducían mejor. En cambio, poco se sabe de la vida privada y cotidiana de las mujeres burguesas, que mantuvieron por más tiempo las antiguas costumbres de la república, y casi nada de las clases más desfavorecidas, que a duras penas sobrevivían en las afueras de las ciudades.