domingo, octubre 29, 2006

Personajes femeninos en la literatura: la heroína romántica I


Las protagonistas de los relatos de Edgar Allan Poe

El romanticismo fue un movimiento estético y literario que conmovió Europa en la primera mitad del siglo XIX, un movimiento en el que el sentimiento, la pasión, el misterio, los ambientes góticos y la ruptura con los cánones clásicos fueron las principales características.
Edgar Allan Poe fue un perfecto ejemplo de este alejamiento de todo tipo de equilibrio y medida. Extremado e intemperante en su vida y su literatura, es el maestro absoluto del relato de misterio, creador de ambientes lóbregos, macabros y fantasmales, de atmósferas opresoras o escalofriantes, de personajes apasionados y enfermizos, a veces terriblemente malvados, víctimas de alucinaciones, extrañas enfermedades nerviosas, con los sentidos anormalmente agudizados por una sensibilidad fuera de lo normal.
La heroína de Poe corresponde a lo que se puede esperar dentro de estos parámetros:
concebida como toda espíritu, sin más concesión a la carnalidad que una espesa y larga cabellera, misteriosa como el paisaje, sombría, peligrosa por su potencial de sabiduría, siempre enormemente frágil, siempre muerta prematuramente. Blanca, pálida, delgada y a menudo altísima. (Su propia madre murió tísica, su esposa falleció prematuramente tras seis años de consunción y agonía).
Todas las mujeres que protagonizan sus relatos parecen irremediablemente condenadas, todas se consumen de dentro hacia fuera, devoradas por su intensa espiritualidad, por un tormento interior. Algunas se mueven durante toda su existencia entre la vida y la muerte, cayendo de cuando en cuando en estados de catalepsia: Berenice llega a ser enterrada viva, lady Madeline también remueve desde dentro la losa que sella su tumba cuando su hermano la deposita en ella, creyendo que la nueva crisis es su muerte definitiva. Morella y Ligeia mueren, pero resucitan en seres diferentes para continuar junto al hombre al que aman. Estas dos últimas, curiosamente, son poseedoras de un caudal inmenso de conocimientos.

Berenice

(...)Berenice y yo éramos primos y crecimos juntos en la heredad paterna. Pero crecimos de distinta manera: yo, enfermizo, envuelto en melancolía; ella, ágil, graciosa, desbordante de fuerzas (...)
Y entonces, entonces todo es misterio y terror, y una historia que no debe ser relatada. La enfermedad -una enfermedad fatal- cayó sobre ella como el simún, y mientras yo la observaba, el espíritu de la transformación la arrasó, penetrando en su mente, en sus hábitos y en su carácter, y de la manera más sutil y terrible llegó a perturbar su identidad. ¡Ay! El destructor iba y venía, y la víctima, ¿dónde estaba? Yo no la conocía o, por lo menos, ya no la reconocía como Berenice. (...)
Entre la numerosa serie de enfermedades provocadas por la primera y fatal, que ocasionó una revolución tan horrible en el ser moral y físico de mi prima, debe mencionarse como la más afligente y obstinada una especie de epilepsia que terminaba no rara vez en catalepsia, estado muy semejante a la disolución efectiva y de la cual su manera de recobrarse era, en muchos casos, brusca y repentina.

Ligeia
(...)Ligeia cayó enferma. Los extraños ojos brillaron con un fulgor demasiado, demasiado magnífico; los pálidos dedos adquirieron la transparencia cerúlea de la tumba y las venas azules de su alta frente latieron impetuosamente en las alternativas de la más ligera emoción. (...)
Miré el escenario que tenía delante -la casa y el sencillo paisaje del dominio, las paredes desnudas, las ventanas como ojos vacíos, los ralos y siniestros juncos, y los escasos troncos de árboles agostados-...

La caída de la casa Usher

(...) La enfermedad de Madeline había burlado durante mucho tiempo la ciencia de sus médicos. Una apatía permanente, un agotamiento gradual de su persona y frecuentes aunque transitorios accesos de carácter parcialmente cataléptico eran el diagnóstico insólito. Hasta entonces había soportado con firmeza la carga de su enfermedad, negándose a guardar cama; pero, al caer la tarde de mi llegada a la casa, sucumbió (como me lo dijo esa noche su hermano con inexpresable agitación) al poder aplastante del destructor, y supe que la breve visión que yo había tenido de su persona sería probablemente la última para mí, que nunca más vería a Madeline, por lo menos en vida.