martes, abril 10, 2007

300: Las mujeres espartanas

Mañana iré con mis alumnos de 4º a ver 300. La verdad es que si tuviera que escribir una crítica de esta película no podría limitar demasiado el espacio dedicado a ello. Así que voy a destacar tres de sus valores –a mi juicio- más sobresalientes y limitarme a comentar in extenso solamente uno.

La primera impresión, para mi gusto la primordial, puesto que de arte se trata y como arte es una llamada a los sentidos y a su disfrute, es la estética del film. La vista se colma de imágenes perfectas, cuidadas en color y simetría hasta el último detalle. El oído capta al mismo tiempo el contrapunto ideal de la adecuada banda sonora.

El segundo gran mérito de 300 consiste en el logro de la simpatía. Consigue que el corazón del espectador lata al mismo ritmo que el de los ciudadanos/as (y recalco aposta el doble género) y guerreros espartanos.

Pero el tercero, y definitivo, es el fiel retrato que la película hace de la sociedad y los ideales espartanos. Salvo en los aspectos concretos de lo relativo a los órganos de gobierno, que deforma intencionadamente, la vida cotidiana y el espíritu espartano están reflejados con absoluta literalidad. Hasta tal punto que son cotejables milímetro a milímetro con los textos de Plutarco en su Vida de Licurgo, y acordes con otros autores que son considerados fuentes fiables y cronológicamente cercanas.

En este último punto me parece importante señalar la imagen que se da de la mujer espartana como digna compañera de tan perfectos hombres y guerreros. Los roles de hombre y mujer eran muy diferentes, pero esos roles eran igualmente valorados: los ideales de valor y entrega varoniles tenían su justo contrapunto y motivación en la inteligencia, fuerza y mérito de las mujeres que los parían y criaban, y por tanto merecían todos los respetos. Hay un momento en la película en que un emisario persa se queja a Leónidas por la intromisión de una mujer (la reina) en su conversación y, cuando Leónidas lo arroja al foso por su insolencia en todos los aspectos, no deja de echarle en cara el haber ofendido a “su reina”, a pesar de que ella misma no había sentido vergüenza y le había respondido adecuadamente: “nosotras las espartanas podemos hablar entre hombres, puesto que somos las que parimos a los verdaderos hombres”. La consideración e igualdad con el varón de que disfrutaban estas ciudadanas no tiene parangón en la Grecia clásica.

Para ampliar el comentario creo suficiente reproducir el texto de Plutarco que trata sobre el carácter y la formación de las espartanas:

Como tenía por la mayor y más preciosa función del legislador el cuidado de la educación[...] atendía como uno de los primeros objetos al matrimonio y a la procreación de los hijos [...]Ejercitó los cuerpos de las doncellas en correr, luchar, arrojar el disco y tirar con elarco, para que el arraigo de los hijos, tomando principio en unos cuerpos robustos, brotase con más fuerza; y llevando ellas los partos con vigor, estuviesen dispuestas para aguantar alegre y fácilmente los dolores. Eliminando, por otra parte, el regalo, el estarse a la sombra y toda delicadeza femenil, acostumbró a las doncellas a presentarse desnudas igualmente que los mancebos en sus reuniones, y a bailar así y cantar en ciertos sacrificios en presencia y a la vista de éstos. En ocasiones, usando ellas también de chanzas, los reprendían útilmente si en algo habían errado; y a las veces también, dirigiendo con cantares al efecto dispuestos alabanzas a los que las merecían, engendraban en los jóvenes una ambición y emulación laudables: porque el que había sido celebrado de valiente, viéndose señalado entre las doncellas, se engreía con los elogios; y las reprensiones, envueltas en el juego y la chanza, no eran de menos fuerza que los más estudiados documentos, mayormente porque a estos actos concurrían con los demás padres de familia los reyes y los ancianos. Y en esta desnudez de las doncellas nada había de deshonesto, porque la acompañaba el pudor y estaba lejos toda lascivia, y lo que producía era una costumbre sin inconveniente, y el deseo de tener buen cuerpo; tomando con lo femenil cierto gusto de un orgullo ingenuo, viendo que se las admitía a la parte en la virtud y en el deseo de gloria: así, a ellas era a quienes estaba bien el hablar y pensar como de Gorgo, mujer de Leónidas, se refiere, porque diciéndole, a lo que parece, una forastera: “¿Cómo vosotras solas las Espartanas domináis a los hombres?” “También nosotras solas- le respondió- parimos hombres”.
Plutarco, Vida de Licurgo, 14.

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